
Es una forma muy sutil de represión, pero lo es, de todas formas.
Hace poco alguien -borracha- decía que en Madrid la gente es más cerrada que en el País Vasco. Y no era vasca quien lo decía, sino sudamericana. Quien haya vivido un poco en la primera y en alguna de las otras (¿tres?¿cuatro?¿siete?) sabe cómo son de verdad las cosas.
Y parte de esa verdad es que en Madrid puedo decir lo que quiera y como quiera, pero aquí...aquí no. Y no me refiero a contenidos escandalosos, me refiero a cosas más o menos de cajón. Derrepente, charlando, te das cuenta de que no todo lo que quisieras decir puede ser expresado en alto, que no todas las ideas comúnmente aceptadas serán aquí bienvenidas y, al final, debes optar por uno de tres caminos:
El primero, el de absoluta justicia consigo mismo, el de decir todo lo que uno piensa puesto que las ideas no deben (no deberían) inmiscuirse en los sentimientos de los contertulios ni deben (ni deberían) tener consecuencias más allá de la información. Saramago decía que no hay que tener miedo a perder a una persona por el simple hecho de dar tu opinión...en realidad tiene razón.
El segundo, el más tibio y, por tanto, a la vez el más falso, el de maquillar todo cuanto uno dice para que ni moros ni cristianos puedan oponer nada a eso que se ha dicho. Algo así como permanecer entre dos aguas sin decantarse por nada para así no ofender a nadie. Partidos políticos así los hay a montones.
El tercero, el que creo que voy a tomar yo, es el del silencio. La cautela y la paciencia. No sé quién dijo que cuando los tontos hablan los sabios callan. Es difícil estarse callado ante ciertas cosas que uno oye, pero es posible hacerlo, y creo que vendrá a ser la opción más saludable. No mojarse, pero que tampoco te mojen.